Producción y Recepción Textual Interactiva
Ensayo: Por qué incluir en la enseñanza aprendizaje de la lectura escritura el uso de la tecnología
Ensayo:
Por qué incluir en la enseñanza aprendizaje de la lectura escritura el uso de
la tecnología
INTEGRANTES
MARTHA
LUCIA DELGADO ROJAS
ASTRID
GUTIÉRREZ MORALES
CLAUDIA
PATRICIA MINA ANGULO
DIANA
MARÍA MORENO GARCÍA
LEIDY MILENA
RIVERA PERLAZA
Docente
Ma.
Del Pilar Valencia
UNIVERSIDAD
DEL TOLIMA
LICENCIATURA
EN EDUCACIÓN BÁSICA CON ÉNFASIS EN LENGUA CASTELLANA
PRODUCCIÓN
Y RECEPCIÓN TEXTUAL INTERACTIVA
IX
SEMESTRE
2018
CALI
Ensayo:
Por qué incluir en la enseñanza aprendizaje de la lectura escritura el uso de
la tecnología
Al incluir el uso de la tecnología en el
proceso de enseñanza aprendizaje de la lectura escritura en educación primaria
promueve el desarrollo de las competencias en lectura y escritura lo cual no
perjudica la estimulación del lenguaje, la atención ni la percepción auditiva y
visual.
La enseñanza aprendizaje de la lectura y
escritura es un proceso complejo en el cual los docentes se encuentran
preocupados debido a que en ocasiones
los estudiantes presentan problemas de decodificación de textos, deficiencias
en la lectura, en la comprensión de textos, entre otros. Al introducir las nuevas tecnologías como un
sitio web en el aula las cuales incluyen el texto, audio, imágenes, animación y
videos generan un sinfín de ventajas para el estudiante, debido a que estos
materiales permiten pasar de lo informativo a lo significativo mediante el
análisis, la práctica y la retroalimentación.
La educación mediada por las TIC se encuentra
amparada en la Constitución Política de 1991 en su título 11, artículo 67, dice
que la educación es un derecho garantizado para todos los ciudadanos del
territorio; en la Ley General 115 artículo 20 y 21, de igual modo basarse
en el modelo pedagógico socio
constructivista sugiere ambientes de aprendizaje basados en interacciones
sociales y actividades relacionadas con la vida real. Las tecnologías de
información y comunicación ofrecen innumerables oportunidades para enriquecer
el valor, el sentido, y el propósito de la lectura y la escritura. Las TIC
facilitan y amplían las posibilidades de comunicación con otras personas; por
lo tanto son herramientas que pueden ayudar a potenciar las habilidades
cognitivas Según Collins (1991)[1] a medida que las TIC penetren
las instituciones educativas, estas podría adoptar una perspectiva más
socio-constructivista.
El papel de docente en este proceso debe ser
innovador debiéndose concentrar en buscar nuevas alternativas para mejorar la
calidad de vida y la búsqueda de un desarrollo de las competencias
comunicativas a través de diferentes actividades que dinamicen procesos
comunicativos utilizando la tecnología y los cuentos.
Al incorporar las Tic en el aula se
transforma el rol del docente y de los estudiantes.
Actualmente las tecnologías de la información
han incorporado herramientas que permiten mejorar el proceso de lectura y
escritura proporcionando nuevos canales
de
comunicación y de información a la humanidad, que difunden modelos de
comportamiento social. Son instrumento para pensar, aprender, conocer,
representar y comunicar los conocimientos adquiridos (Martí, 2001)[2].
Los docentes deben valorar los saberes
previos del estudiante y que los conocimientos adquiridos se utilicen
efectivamente cuando el estudiante los necesite; teniendo en cuenta que entre
mayor sea la funcionalidad de los aprendizajes mayor será la posibilidad de
relacionarlos con otros contenidos; los contenidos de los textos serán más
agradables si se relacionan con su vida, su realidad y sus intereses; otro
elemento importante es la capacidad de comunicación entre los alumnos y el
profesor que se puede desarrollar incorporando situaciones que den lugar a la
práctica de la lectura y la escritura.
Con el uso de las TIC, se debe sensibilizar al
estudiante en el uso de un sitio web interactivo acorde con la edad del
estudiante, donde cada menú se despliega con facilidad, se explica cada
actividad para que el estudiante puedan cumplir con los objetivos propuestos,
entre los recursos en internet sobre lectoescritura se encuentran www.elhuevodechocolate.com,
http//:pacomova.eresmas.net/, cuya finalidad es divertir, educar, difunde el
folklore infantil en todas sus facetas, cuenta con buscadores para niños,
consejos para padres, invitan a los niños a que escriban sus textos, entre
otros.
La página web como herramienta metodológica
es de interés para el estudiante, a través de ella se pueden realizar actividades
prácticas como llevar la lectura y la escritura a la vida real por medio de los
cuentos interactivos también se presta para trabajarla en diferentes
modalidades como completar, reinventar, entre otras facilitando en el niño las
habilidades inferenciales, analíticas y creativas. Se logra evidenciar el gran
abanico de posibilidades que existen en la red y que se pueden utilizar, para
renovar y enriquecer la página y que esta no se vuelva monótona y que se puedan
utilizar en otras temáticas y áreas.
WEBGRAFÍA
COLL, Cesar. Psicología de
la educación y prácticas educativas mediadas por las tecnologías de la
información y la comunicación (en línea) (consultado el 2 de Mayo del 2018)
Disponible en internet (http://www.redalyc.org/pdf/998/99815899016.pdf)
GONZÁLEZ, Patricia. Recursos educativos multimedia (en línea)
(consultado el 1 de Mayo del 2018) Disponible en internet (https://itslearning.com/es/wp-content/uploads/sites/28/2017/05/RECURSOS-EDUCATIVOS-MULTIMEDIA.pdf).
PROYECTO EDUCATIVO EL LIBRO
DE NUESTRA ESCUELA. El papel de las TIC en el proceso de lecto-escritura (en
línea) (consultado el 2 de Mayo del 2018) Disponible en internet (https://z33preescolar2.files.wordpress.com/2012/02/revista-ticok-cast.pdf).
RIASCOS, Betty. La web una
herramienta tecnológica para enseñar a leer a los niños de grado primero de la
Institución Educativa Ieti Diez de Mayo de la República de Italia (en línea)
(consultado el 2 de Mayo del 2018) Disponible en internet (http://repository.libertadores.edu.co/bitstream/handle/11371/526/RiascosRuizBetty.pdf?sequence=2&isAllowed=y).
ROSAS, Martha Cecilia.
Estrategia didáctica para implementar actividades mediadas por TIC en
competencias de lectoescritura para estudiantes del grado tercero (en línea)
(consultado el 3 de Mayo del 2018) Disponible en internet (http://repository.libertadores.edu.co/bitstream/handle/11371/868/Ordo%C3%B1ezCarvajalYaqueline.pdf?sequence=2&isAllowed=y).
SANCHEZ, Elena. Recursos
multimedia para fomentar la animación lectora en 6º de educación primaria (en
línea) (consultado el 1 de Mayo del 2018) Disponible en internet (https://reunir.unir.net/bitstream/handle/123456789/5626/SANCHEZ-INFANTES%20LUQUE%2C%20ELENA.pdf?sequence=1&isAllowed=y).
UNIVERSIDAD NACIONAL DE EDUCACIÓN
A DISTANCIA. Leer bien para escribir mejor: Estrategias docentes para la
enseñanza de la lectura y la escritura (en línea) (consultado el 2 de Mayo del
2018) Disponible en internet (https://wiki.mozilla.org/images/e/ec/Lectoescritura-Patricia_Avila-tesina_de_master.pdf).
Las tic como recurso en el acceso a la
lectoescritura
¿CÓMO MEJORAR LA LECTOESCRITURA A TRAVÉS DE LA RECREACIÓN DE CUENTOS
UTILIZANDO LAS TICS, EN LOS ESTUDIANTES DEL LOS GRADOS TERCERO DE LA
INSTITUCIÓN EDUCATIVA SEBASTIÁN DE BELALCÁZAR,
MEJORAMIENTO DE LECTURA Y ESCRITURA EN
NIÑOS DE GRADO TERCERO EN LA INSTITUCIÓN EDUCATIVA ESTHER ETELVINA ARAMBURO
Es
significativo tomar el siguiente teórico porque permite dar apoyo y
justificación a nuestro ensayo:
Desde
los primeros años el niño ha de tener una herramienta que ayude a su
imaginación, a conseguir estructuras, a reforzar su creatividad. Esta
herramienta es “el cuento”. Es una pieza fundamental el ámbito pedagógico e
instructivo del niño (a), le procura entretenimiento, gozo, diversión y
tranquilidad y desahogo, le ayuda a conocer el mundo y a sus personajes. Y
aunque al principio no sabe leer, el
niño se acerca a los libros con atención, y deleite y va descubriendo que hay
diferencia entre las letras, los números o cualquier otro signo, dibujo o
estructura; averigua también que no hay solo letras, sino que estas forman
vocablos y términos y que se leen de izquierda a derecha y de arriba hacia
abajo. Es por lo tanto en esa fase inicial cuando debemos iniciar el impulso,
promoción y desarrollo de la lectura (Fernández, 2010, árr.. 3)
[1]
SLIDEPLAYER. Socio constructivismo y tic (en línea) (consultado el 3 de Mayo
del 2018) Disponible en internet (http://slideplayer.es/slide/1697222/).
[2]
COLL,
Cesar. Psicología de la educación y prácticas educativas mediadas por las
tecnologías de la información y la comunicación (en línea) (consultado el 2 de
Mayo del 2018) Disponible en internet
(http://www.redalyc.org/pdf/998/99815899016.pdf)
Del códice a la pantalla: trayectorias de lo escrito
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DEL CODICE A LA PANTALLA:
TRAYECTORIAS DE LO ESCRITO
Por: ROGER CHARTIER
"El libro ya no ejerce el poder que ha sido
suyo, ya no es el amo de nuestros razonamientos o de nuestros sentimientos
frente a los nuevos medios de información y comunicación de que a partir de
ahora disponemos": esta observación de Henri Jean Martin constituirá el
punto de partida de mi reflexión. En ella quisiera señalar y nombrar los
efectos de una revolución temida por unos y aplaudida por otros, dada como
ineluctable o simplemente designada como posible: a saber, la transformación
radical de las modalidades de producción, de transmisión y de recepción de lo
escrito. Disociados de los soportes en los que tenemos la costumbre de
encontrarnos (el libro, el periódico ), los textos estarían de ahora en
adelante consagrados a una existencia electrónica: compuestos en el ordenador
o digitalizados, escoltados por procedimientos telemáticos, llegan a un
lector que los aprehende en una pantalla.
Para abordar ese futuro (tal vez es un presente)
en el que los textos serán separados de la forma del libro que se impuso en
Occidente hace dieciséis siglos, mi punto de vista será doble. Será el de un
historiador de la cultura escrita, particularmente atento al unir en una
misma historia el estudio de los textos (canónicos u ordinarios, literarios o
sin calidad), el de los soportes de su transmisión y diseminación, el de sus
lecturas, sus usos, sus interpretaciones. Será, igualmente, el resultado de
una participación (en un nivel modesto) en el proyecto de la Biblioteca
nacional de Francia. Uno de los ejes esenciales de este proyecto es,
efectivamente, la constitución de un importante fondo de textos electrónicos
que la biblioteca podrá trasmitir a distancia y que podrán ser objeto de un
nuevo tipo de lectura, posibilitado por el correo de lectura computarizado.
Mi primera pregunta será esta: ¿cómo situar en la
historia larga del libro, de la lectura y de las relaciones con lo escrito la
revolución anunciada, de hecho ya empezada, que nos hace pasar del libro (o
del objeto escrito) tal como nosotros lo conocemos, con sus cuadernos, sus
hojas, sus páginas, al texto electrónico y a la lectura sobre la pantalla?
Para responder a esta pregunta hay que distinguir muy bien tres registros de
mutación cuyas relaciones quedan aún por establecer. La primera revolución es
técnica: ella transformó a mediados del siglo XV los modos de reproducción de
los textos y de la producción del libro. Con los caracteres móviles y la
prensa para imprimir, la copia manuscrita dejó de ser el único recurso
disponible para asegurar la multiplicación y la circulación de textos. De ahí
la importancia otorgada a ese momento esencial de la historia de Occidente,
considerado como el que marca la Aparición del libro (ese es el título del libro
pionero de Lucien Febvre y Henri-Jean Martin publicado en 19568). O
caracterizado como una Printing revolution (así se llama la obra de Elizabeth
Eisentein aparecida en 1983).
Hoy en día, la atención se ha desplazado un poco,
insistiendo en los límites de esta primera revolución. En principio queda
claro que, en sus estructuras esenciales, el libro no se modificó por la
invención de Gutenberg. Por otra parte, por lo menos hasta cerca de 1500, el
libro impreso sigue dependiendo en gran medida del manuscrito: imita de él su
compaginación, su escritura, su apariencia y, sobre todo, se considera algo
que debe terminarse a mano: la mano del iluminador que pinta iniciales
adornadas o historiadas y miniaturas, la mano del corrector, o enmendador,
que añade signos de puntuación, rúbricas y títulos; la mano del lector que
inscribe sobre la página notas e indicaciones marginales. Por otra parte, y
de modo más fundamental, tanto antes como después de Gutenberg el libro es un
objeto compuesto de hojas dobladas y reunidas en cuadernos que se amarran
unos con otros. En ese sentido, la revolución de la imprenta no es en
absoluto una "aparición del libro". En efecto, doce o trece siglos
antes de la aparición de la nueva técnica, el libro occidental encontró la
forma que seguiría siendo la suya en la cultura de lo impreso.
Mirar hacia el Oriente, del lado de China, de
Corea, de Japón, nos proporciona una segunda razón para evaluar la revolución
de la imprenta. Efectivamente, ésta nos muestra que la utilización de la
técnica propia de Occidente no es una condición necesaria para que exista, no
solamente una cultura escrita, sino todavía más, una cultura impresa de
profundos cimientos. Ciertamente, en Oriente son conocidos los caracteres
móviles: ahí fueron incluso inventados y utilizados antes de Gutenberg: en el
siglo XI son utilizados caracteres de tierra cocida en China y en el siglo
XIII se imprimieron textos con caracteres metálicos en Corea. Pero, a
diferencia de Occidente después de Gutenberg, el recurso de los caracteres
móviles en Oriente permanece limitado, discontinuado, confiscado por el
emperador o por los monasterios. Eso no significa la ausencia de una cultura
de lo impreso de gran envergadura, hecha posible gracias a otra técnica: la
xilografía, es decir, el grabado en planchas de madera de textos impresos
mediante frotamiento. Con presencia desde mediados del siglo VIII en Corea, y
a finales de siglo IX en China, la xilografía lleva en la China de los Ming y
de los Quing, así como en el Japón de los Tukogawa, a una muy amplia
circulación de lo escrito impreso, con empresas de edición comerciales
independientes de los poderes, una densa red de librerías y de gabinetes de
lectura, y géneros populares ampliamente difundidos.
No hay entonces que medir la cultura impresa de
las civilizaciones orientales con el único rasero de la técnica occidental,
como si aquélla fuera imperfecta o inferior. La xilografía tiene sus propias
ventajas: se adapta mejor que los caracteres móviles a las lenguas que se
caracterizan por tener un gran número de caracteres o, como en el Japón, por
la pluralidad de escrituras; mantiene notablemente vinculadas a la escritura
manuscrita y a la impresión, ya que las planchas se graban a partir de
modelos caligrafiados; permite, gracias a la resistencia de las maderas que
se conservan mucho tiempo, el ajuste del tiraje a la demanda. Esta
constatación debe conducir a una apreciación
La revolución actual es mayor que la de
Gutenberg. No sólo modifica a la técnica de reproducción del texto, sino
también las estructuras y las formas mismas del soporte que transmite a sus
lectores
Más justa del invento de Gutenberg. Ciertamente
éste es fundamental, pero no es la única técnica capaz de asegurar una muy
amplia diseminación del libro impreso.
La revolución de nuestro presente es,
evidentemente, mayor que la de Gutenberg. No sólo modifica la técnica de
reproducción del texto, sino también las estructuras y las formas mismas del
soporte que transmite a sus lectores. EL libro impreso, hasta nuestros días,
ha sido el heredero directo del manuscrito por la organización en cuadernos,
por la jerarquía de los formatos —del folio al libellus—, por las ayudas a la
lectura: concordancias, índice, cuadros, etc. Con la pantalla como sustituto
del códice, la revolución es mucho más radical, ya que son los modos de
organización, estructuración, consulta de lo escrito los que se hallan
modificados. Una revolución así requiere entonces de otros términos de
comparación.
La larga historia de la lectura nos proporciona
los esenciales. Su cronología se organiza a partir del señalamiento de las
dos mutaciones fundamentales. La primera pone el acento en una transformación
de la modalidad física, corporal, del acto de la lectura, e insiste en la importancia
decisiva del paso de una lectura necesariamente oralizada, indispensable al
lector para la comprensión del sentido, a una lectura posiblemente silenciosa
y visual. Esta revolución atañe a una larga edad media, ya que la lectura
silenciosa, al principio restringida a los sriptoria monásticos entre los
siglos VII y XI, ganaría el mundo de las escuelas y de las universidades en
el XII, después el de los aristócratas laicos dos siglos más tarde. Su
condición de posibilidad es la introducción de la separación entre las
palabras por parte de los escribas irlandeses y anglosajones de la alta edad
media, y sus efectos son totalmente considerables al abrir la posibilidad de
leer más rápidamente y por tanto de leer más textos, y textos más complejos.
Una perspectiva así sugiere dos señalamientos. EN
principio el hecho de que el Occidente medieval haya debido conquistar la
habilidad de la lectura en silencio con los ojos no debe hacernos concluir su
inexistencia en la antigüedad griega y romana. En las civilizaciones
antiguas, en poblaciones para las cuales le lengua escrita es la misma que la
lengua vernácula, la ausencia de separación entre las palabras no impide de
ninguna manera la lectura silenciosa. La práctica común en la antigüedad de
la lectura en voz alta, para los otros o para sí, no debe atribuirse a la
ausencia de dominio de la lectura sólo con los ojos (ésta fue sin duda
practicada en el mundo griego desde el siglo VI a.C). Más bien hay que
atribuirla a una convención cultural que asocia vigorosamente el texto y la
voz, la lectura, la declamación y la escucha. Este rasgo subsiste además en
la época moderna, entre los siglos XVI y XVIII, cuando leer en silencio se
convirtió en una práctica ordinaria de los lectores letrados. La lectura en
voz alta siguió siendo entonces la base fundamental de las diversas formas de
sociabilidad, familiares, cultas, mundanas o públicas, y el lector que busca
muchos géneros literarios es un lector que lee par los otros o un
"lector" que escucha leer. En la Castilla del Siglo de Oro, leer y
oír, ver y escuchar son así casi sinónimos, y la lectura en voz alta es la
lectura implícita de géneros muy diversos: todos los géneros poéticos, la
comedia humanista (pensemos en La Celestina), la novela en todas sus formas,
hasta el Quijote, la historia en sí.
Segunda observación en forma de pregunta: ¿no
habrá que otorgar mayor importancia a las funciones de lo escrito que a su
modo de lectura? Si tal es el caso, hay que colocar una cesura esencial en el
siglo XII, cuando lo escrito no está ya sólo investido de una función de
conservación y de memorización, sino que se compone y copia con fines de
lectura, entendida como un trabajo intelectual. A un modelo monástico de la
escritura sucede, en las escuelas y universidades, el modelo escolástico de
la lectura. En el monasterio, el libro no se copia para ser leído, compendia
el saber como un bien patrimonial de la comunidad y comporta usos ante todo
religiosos: la ruminatio del texto, verdaderamente incorporada por el fiel,
la meditación, el rezo. Con las escuelas urbanas todo cambia: el lugar de la
producción del libro, que pasa del scriptorium a la tienda del librero
estacionario; las formas del libro, con la multiplicación de abreviaturas,
señales, glosas y comentarios, y el método mismo de lectura, ya que no es la
participación en el misterio de la palabra sagrada, sino un desciframiento
regulado y jerarquizado por la letra (littera), del sentido (sensus) y de la
doctrina (sententia). Las conquistas de la lectura silenciosa no pueden pues
separase de la mutación principal que transforma la función misma de la
escritura.
Otra "revolución de la lectura" se
refiere, por su parte, al estilo de lectura. En la segunda mitad del siglo
XVIII, a la lectura "intensiva" sucedería otra, calificada como
"extensiva" . El lector "intensivo" es confrontado con un
corpus limitado y cerrado de textos, leídos y releídos, memorizados y
recitados, escuchados y conocidos de memoria, transmitidos de generación en
generación. Los textos religiosos, y en primer lugar la Biblia en los países
de la reforma, con los alimentos privilegiados de esta lectura notablemente
marcada por la sacralidad y la autoridad. El lector "extensivo", el
de la Leseanet, de la rabia por leer que surge en Alemania en tiempos de
Goethe, es un lector totalmente diferente: consume impresos numerosos y
diversos, los lee con rapidez y avidez, ejerce a su respecto una actividad
crítica que ya no sustrae ningún dominio a la duda metódica.
Un diagnóstico parecido ha podido ser discutido.
En efecto, son numerosos los lectores "extensivos" en la época de
la lectura "intensiva": pensemos en los letrados humanistas que
acumulan lecturas para componer sus cuadernos de lugares comunes. Y el caso
contrario es aún más cierto: es efectivamente en el momento mismo de la
"revolución de la lectura" cuando, con Rousseau, Goethe o
Richardson se despliega la más "intensiva" de las lecturas, por
medio de la cual la novela se apodera de su lector, lo ata y gobierna como
antes hizo el texto religioso. Además, para los lectores más numerosos y más
humildes —los de los chapbooks, de la Biblioteca azul, o de
la literatura de cordel—, la lectura conserva durante mucho tiempo los rasgos
de una rara, difícil práctica que supone memorizar y recitar textos que se
vuelven familiares porque son pocos y, de hecho, son reconocidos más que
descubiertos.
Estas precauciones necesarias que conducen a
abandonar una oposición demasiado contrastante entre los dos estilos de
lectura, no invalida sin embargo la constatación que sitúa en la segunda
mitad del siglo XVIII una "revolución de la lectura". Sus bases
están bien señaladas en Inglaterra, en Alemania y en Francia: el crecimiento
de la producción del libro, la multiplicación y la transformación de los
periódicos, el éxito de los formatos pequeños, el descenso del precio del
libro gracias a las ediciones piratas, la multiplicación de las sociedades de
lectura (Book-clubs, Lesegesellschaften, cámaras de lectura). Descrito como
un peligro para el orden público, como un narcótico (según palabras de
Fichte), o como un desarreglo de la imaginación y de los sentidos, este
"furor por leer" golpea a los observadores contemporáneos. Jugó
indudablemente un papel esencial en desprendimientos críticos que, por toda
Europa y particularmente en Francia, alejaron a los súbditos de su príncipe y
a los cristianos de sus iglesias.
La revolución del texto electrónico es y será
también una revolución de la lectura. Leer sobre una pantalla no es leer en
un códice. La representación electrónica de los textos modifica totalmente su
condición: sustituye la materialidad del libro con la inmaterialidad de
textos sin lugar propio; opone a las relaciones de contigüidad, establecidas
en el objeto impreso, la libre composición de fragmentos manipulables
indefinidamente; a la aprehensión inmediata de la totalidad de la obra, hecha
visible por el objeto que la contiene, hace que le suceda la navegación en el
largo curso de archipiélagos textuales en ríos movientes. Estas mutaciones
ordenan, inevitablemente, imperativamente, nuevas maneras de leer, nuevas
relaciones con lo escrito, nuevas técnicas intelectuales. Sin las
revoluciones precedentes de la lectura sobrevinieron cuando no cambiaban las
estructuras fundamentales del libro, no sucede lo mismo en nuestro mundo contemporáneo.
La revolución iniciada es, ante todo, una revolución de los soportes y las
formas que transmiten lo escrito. En esto el mundo occidental no tiene más
que un solo precedente: la sustitución del volumen por el códice, por el
libro compuesto de cuadernos reunidos en lugar del libro en forma de rollo,
ocurrida en los primeros siglos de la era cristiana.
A propósito de esta primera revolución, que
inventa el libro que es aún el nuestro, deben ser planteadas tres preguntas.
En principio, la de su fecha. Los hechos arqueológicos disponibles
proporcionados por las excavaciones llevadas a cabo en Egipto permiten sacar
varias conclusiones. Por una parte, es en las comunidades cristianas donde el
códice reemplaza con mayor precocidad y más masivamente al rollo: desde el
siglo II, todos los manuscritos hallados de la Biblia que datan del siglo II
son de códices escritos en papiro, y, entre los siglos II y IV, 90% de los
textos bíblicos y 70% de los textos litúrgicos y hagiográficos que nos han
llegado están en forma de códice. Por otra parte, es con un notable desfase
que los textos griegos, literarios o científicos adoptan la nueva forma del
libro: es solamente en los siglos III y IV cuando el número de códices iguala
al siglo III, permanece notable el número de códices iguales al de rollos.
Incluso si el cálculo de la fecha de los textos bíblicos en papiro ha podido
ser discutido, y a veces retrasado, hasta el siglo III, permanece notable el
vínculo entre la preferencia otorgada al códice y los cenáculos cristianos.
Una segunda pregunta se refiere a las razones de
la adopción de esta nueva forma de libro. Los motivos clásicamente esgrimidos
conservan su pertinencia, incluso si hay que matizarlos un poco. La
utilización de los dos lados del soporte reduce sin duda el costo de
fabricación del libro, pero este uso no ha venido acompañado de otras
economías posibles: disminución del módulo de escritura, retraimiento de los
márgenes, etc. Por lo demás, el códice permite sin duda reunir una gran
cantidad de texto en un volumen mínimo, aunque esta ventaja fue poco
explotada de manera inmediata: en los primeros siglos de su existencia, los
códices siguieron siendo de talla modesta y contenían menos de ciento
cincuenta pliegos (es decir, trescientas páginas). Es a partir del siglo IV,
incluso del V, cuando engrosan los códices y absorben el contenido de varios
rollos. Finalmente, es innegable que el códice permite una marcación más
fácil y un manejo más sencillo del texto: hace posible la paginación, el
establecimiento del índice y de las concordancias, la comparación de un
pasaje con otro, o incluso el hecho de que el lector, al hojearlo, recorra
todo el libro. De ahí la adaptación de la forma nueva del libro a las
necesidades textuales propias del cristianismo, a saber: la confrontación de
los Evangelios y la movilidad, con fines de predicación, del culto o del
rezo, de las citas de la palabra sagrada. Pero fuera de los medios
cristianos, el dominio y utilización de las posibilidades ofrecidas por el
códice se imponen sólo lentamente. Su adopción parece hecha por lectores que
no pertenecen a la elite letrada —ésta permanece por mucho tiempo fiel a los
modelos griegos, y por tanto al volumen—, y en principio abarca textos que se
encuentran situados fuera del canon literario: textos escolares, obras
técnicas, relatos, etc.
Entre los efectos del paso del rollo al códice,
dos de ellos merecen una atención particular. Por una parte, si el códice
imponen su materialidad, no borra las designaciones o representaciones
antiguas del libro. En la ciudad de Dios de San Agustín, por ejemplo, si el
término "códice" nombra al libro en cuanto objeto físico, la
palabra liber se emplea para marcar las divisiones de la obra, y esto
guardando memoria de la forma antigua, ya que el "libro", devenido
aquí unidad del discurso (La ciudad de Dios abarca 22), corresponde a la
cantidad de texto que podía contener un rollo. De igual manera, las
representaciones del libro en las monedas y en los monumentos, en la pintura
y en la escultura, permanecen por mucho tiempo ligadas al volumen, símbolo de
saber y de autoridad, aun cuando el códice ha impuesto ya su nueva
materialidad y obligado a nuevas prácticas de lectura. Por otra parte, para
ser leído, y por tanto desenrollado, un rollo debe ser sostenido con las dos
manos: de ahí, como nos lo muestran los frescos y los bajorrelieves, la
imposibilidad para el lector de escribir al mismo tiempo que lee y, de golpe,
la importancia del dictado en voz alta. Con el códice el lector conquista la
libertad colocando sobre una mesa o un pupitre, el libro en cuadernos ya no
exige un movimiento del cuerpo similar. En relación con él, el lector puede
tomar sus distancias, leer y escribir al mismo tiempo, ir de una página a
otra, a su gusto, o de un libro a otro. Con el códice, igualmente, se inventa
la tipología formal que asocia formatos y géneros, así como tipos de libros y
categorías de discurso, y se establece por tanto el sistema de clasificación
y de marcación de textos que la imprenta heredará y que es todavía el nuestro.
¿Por qué estas miradas hacia atrás, por qué, en
particular, llevar la atención hacia el nacimiento del códice? Sin duda,
porque la comprensión y el dominio de la revolución electrónica del mañana (o
del hoy) dependen en gran medida de su correcta inscripción en una historia
de larga duración. Ello permite tomar plena medida de las posibilidades
inéditas abiertas por la digitalización de los textos, su transmisión
electrónica y su recepción en ordenador. En el mundo de los textos, dos
limitaciones, consideradas hasta ahora como imperativas, pueden señalarse.
Primera limitación: la que reduce estrechamente las posibles intervenciones
del lector en el libro impreso. Desde el siglo XVI, es decir, desde la época
en que el impresor tomó a su cargo los signos, las marcas y los títulos,
títulos de capítulos o títulos corrientes que, en tiempo de los incunables,
se añadían a mano sobre la página impresa por el corrector o el poseedor del
libro, el lector no puede insinuar su escritura sino en los espacios vírgenes
del libro. El objeto impreso le impone su forma, su estructura, sus
disposiciones, y no supone de ninguna manera su participación. Si el lector
pretende, de todos modos, inscribir su presencia en el objeto, sólo puede
hacerlo ocupando subrepticia, clandestinamente, los lugares del libro que
deja la escritura impresa: interiores de la encuadernación, folios dejados en
blanco, márgenes del texto, etcétera.
Con el texto electrónico ya no pasa lo mismo. El
lector no sólo puede someter los textos a múltiples operaciones (puede hacer
su índice, anotarlo, copiarlo, desmembrarlo, recomponerlo, moverlo, etc.),
sino, más aún, puede convertirse en su coautor. La distinción, muy visible en
el libro impreso, entre la escritura y la lectura, entre el autor del texto y
el lector del libro, se borra en provecho de una realidad distinta: el lector
se convierte en uno de los actores de una escritura a varias manos o, al
menos, se halla en posición de constituir un texto nuevo a partir de
fragmentos libremente recortados y ensamblados. Como el lector del manuscrito
que podía reunir en un solo libro, por su sola voluntad, obras de naturalezas
muy diversas, unirlas en un mismo compendio, en un mimo libro-Zbaldone, el
lector de la era electrónica puede construir a su placer conjuntos textuales
originales cuya existencia, organización e incluso apariencia sólo dependen
de él. Pero, además, puede en todo momento intervenir en los textos,
modificarlos, reescribirlos, hacerlos suyos. A partir de esta circunstancia
se comprende que tal posibilidad pone en tela de juicio y en peligro nuestras
categorías para describir las obras, referidas desde el siglo XVIII a un acto
creador individual, singular y original, y que fundan el derecho en materia
de propiedad de un autor sobre una obra original, producida por su genio
creador (la primera vez que se usó el término fue en 1701) se ajusta muy mal
al mundo de los textos electrónicos. Así, el Tribunal Supremo de Estados
Unidos le ha negado toda pertinencia a esta noción en el caso de la publicación
de la guía telefónica.
Por otra parte, el texto electrónico permite, por
primera vez, remontar una contradicción que ha obsesionado a los
occidentales: la que opone, de un lado, el sueño de una biblioteca universal
que reúne todos los libros jamás publicados, todos los textos jamás escritos,
incluso, como escribió Borges, todos los libros que es posible escribir
agotando todas las combinaciones de las letras del alfabeto y, del otro, la
realidad, forzosamente decepcionante, de las colecciones que, cualquiera que
sea su tamaño, no pueden proporcionar más que una imagen parcial, con
lagunas, mutilada, del saber universal. Occidente ha otorgado una figura
ejemplar y mítica a esta nostalgia de la exhaustiva perdida: la biblioteca de
Alejandría. La comunicación de textos a distancia que anula la distinción,
hasta ahora irremediable, entre el lugar del texto y el lugar del lector,
vuelve concebible, accesible, este antiguo sueño. Desprendido de su
materialidad y de sus antiguas localizaciones, el texto y su representación
electrónica pueden ya alcanzar a cualquier lector dotado del material
necesario para recibirlo. Suponiendo que todos los textos existentes,
manuscritos o impresos, sean digitalizados o, dicho de otra manera, hayan
sido convertidos en textos electrónicos, la universal disponibilidad del
patrimonio escrito se vuelve posible. Todo lector, allí donde se encuentre,
con la condición de que esté conectado frente a un puesto de lectura con la
red informática que asegura la distribución de los documentos, podrá
consultar, leer o estudiar cualquier texto, cualesquiera que hayan sido su
forma y su localización originales. "Cuando se proclamó que la
Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de
extravagante felicidad": esta felicidad "extravagante" de la
que habla Borges no es prometida por las bibliotecas sin muros, e incluso
carentes de lugar, que serán sin duda las del futuro.
Felicidad extravagante, pero tal vez no sin
riesgo. En efecto, cada forma, cada soporte, cada estructura de la transmisión
y de la recepción de lo escrito afecta profundamente sus posibles usos e
interpretaciones. En estos últimos años, la historia del libro se ha
interesado en señalar, en diversos niveles, estos efectos de sentido de las
formas. Son numerosos los ejemplos que muestran transformaciones propiamente
"tipográficas" (en un sentido amplio del término) que modifican
profundamente los usos, las circulaciones, las comprensiones de un
"mismo" texto. Así sucedió con las variaciones en las partes del
texto bíblico, en particular a partir de las ediciones de Robert Estienne y
sus versículos numerados. Así ocurrió con la imposición de dispositivos
propios del libro impreso (título y página del título, separación en
capítulos, grabados en madera) a obras cuya forma original, unida a una
circulación únicamente manuscrita, les era totalmente extraña: ahí está, por
ejemplo la suerte del Lazarillo de Tormes, letra apócrifa, sin título, sin
capítulos, sin ilustración destinado a un público letrado y transformado por
sus primeros editores en un libro cercano, por su presentación, a las vidas
de santos o a los occasionneis, en ese entonces los géneros de mayor
circulación en la España del Siglo de Oro. Así, en Inglaterra, para las obras
teatrales, el paso de las ediciones isabelinas, rudimentarias y compactas,
alas ediciones que a comienzos del siglo XVIII, adoptando las convenciones
clásicas francesas, vuelve visible el corte en actos y en escenas y
restituye, mediante la indicación de los juegos de escena, algo de la acción
teatral en el texto impreso. De manera que, más todavía, las formas nuevas
que se aplican a todo un conjunto de textos ya publicados, más generalmente
de origen culto, es con el fin de que puedan alcanzar a los lectores
"populares" y constituir así el repertorio de las librerías
ambulantes en Castilla, Inglaterra o Francia. Cada vez es idéntica la
constatación: el significado, o más bien los significados, histórica y
socialmente diferenciados de un texto, cualquiera que éste sea, no pueden
separarse de las modalidades materiales en que se dan a leer a sus lectores.
De ahí viene, para nuestro presente, una gran
lección: la posible transferencia del patrimonio escrito de un soporte a
otro, del códice a la pantalla, abre posibilidades inmensas pero también representará
una violencia ejercida en los textos al separarlos de las formas que han
contribuido a construir sus significaciones históricas,. Suponiendo que, en
un futuro más o menos cercano, las obras de nuestra tradición no se
transmitan ni se descifren ya sino en una representación electrónica, sería
grande el riesgo al ver perdida la inteligibilidad de una cultura textual en
la que se llevó a cabo una unión antigua, esencial, entre el concepto mismo
de texto y una forma particular del libro: el códice. Nada muestra mejor la
fuerza de esta unión que las metáforas que, en la tradición occidental, hacen
del libro una figura posible del destino, del cosmos o del cuerpo humano. El
libro que ellas manejan, de Dante a Shakespeare, de Ramón Llull a Galileo, no
es cualquier libro: está compuesto de cuadernos, formado en folios y páginas,
protegido por una encuadernación. La metáfora del libro del mundo, del libro
de la naturaleza, tan poderosa en la edad moderna se encuentra como dispuesta
en las representaciones inmediatas y arraigadas que asocian naturalmente el
texto escrito al códice. El universo de los textos electrónicos significará
entonces necesariamente un alejamiento de las representaciones mentales y las
operaciones intelectuales que están específicamente ligadas a las formas que
ha tenido el libro den Occidente desde hace diecisiete o dieciocho siglos.
Ningún orden de los discursos es, en efecto, separable del orden de los
libros que le es contemporáneo.
Me parece entonces necesario, hoy en día,
mantener juntas dos exigencia. Por un lado, necesitamos acompañar de una
reflexión histórica, jurídica, filosófica, la mutación considerable que está
revolucionando los modos de comunicación y de recepción de lo escrito. Una
revolución técnica no se decreta. Tampoco se suprime. El códice la llevó a
cabo y suplantó al rollo, incluso si éste, con otra forma y para otros usos
(en particular archivísticos) atravesó toda la edad media. Y la imprenta
sustituyó al manuscrito como forma masiva de reproducción y de difusión de
los textos —incluso si los escritos copiados a mano conservaron su papel en
la era de la imprenta para la circulación de numerosos tipos de textos
surgidos de la escritura del fuero privado, de las prácticas literarias
aristocráticas dirigidas por la figura del gentleman writer, o de las
necesidades de comunidades particulares consideradas heréticas, unidas por el
secreto de los gremios de la francmasonería, o simplemente cimentadas en el
intercambio de los textos manuscritos. Se puede entonces pensar que en el
siglo XXV, en el año 2440 que Louis Sebastien Mercier ha imaginado en su
utopía publicada en 1771, la Biblioteca del Rey (o de Francia) no será ese
"pequeño gabinete" que sólo contiene pequeños libros en duodécimos
que concentran únicamente el saber útil, sino un punto en una red, extendida
a todo el planeta, que asegure la disponibilidad universal de su patrimonio
textual accesible en todas partes gracias a su forma electrónica. Ha llegado
el momento de observar mejor y de comprender mejor los efectos de esa
mutación y, considerando que los textos no son necesariamente libros, ni
siquiera periódicos o revistas (derivados ellos también del códice), de
redefinir todas las nociones jurídicas (propiedad literaria, derechos de
autor, copyright) y reglamentarias (depósito legal, biblioteca nacional) y
biblioteconómicas (catalogación, clasificación, descripción bibliográfica,
etc) que han sido pensadas y construidas en relación con otra modalidad de la
producción, la conservación y la comunicación de lo escrito.
Pero existe para nosotros una segunda exigencia,
indisociable de la precedente. La biblioteca del futuro debe ser también el
lugar en que se pueda mantener el conocimiento y la comprensión de la cultura
escrita en las formas que han sido y son todavía mayoritariamente las suyas
hoy en día. La representación electrónica de todos los textos cuya existencia
no comienza con la informática no debe significar de ninguna manera la
relegación, el olvido, o peor, la destrucción de los objetos que los han portado.
Más que nunca, tal vez, una de las tareas esenciales de las grandes
bibliotecas es recolectar, proteger, censar (por ejemplo bajo la forma de
catálogos colectivos nacionales, los primeros pasos hacia las bibliografías
nacionales retrospectivas), los objetos escritos del pasado y, así, hacer
accesible el orden de los libros que todavía es el nuestro y que fue el de
los hombres y las mujeres que leyeron desde los primeros libros de nuestra
era cristiana. Solamente si es preservada la inteligencia de la cultura del
códice podrá existir, sin matices, la "extravagante felicidad" que
promete la pantalla.
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Hipertexto, literatura y ciudad
Autor: Jaime Alejandro Rodríguez Ruiz
Editorial: Revista Universitas Humanística No. 56
Lugar de edición: Pontificia Universidad Javeriana. Facultad de Ciencias Sociales.
Año: 2003
Numero de edición: 1
Número de páginas: 30
Este texto hace referencia a la relación entre hipertexto, literatura y sociedad basándose en la novela “debido proceso”. Esta relación esta planteada por Jean Clement en un artículo “el hipertexto una enunciación pionera”, la posición del autor es que el hipertexto significa una idea de un pensamiento que se construye al unir varios puntos de vista para comunicar sobre un tema en particular donde el lector hace un
recorrido por todo el texto. Él compara el hipertexto de la lectura con una persona que anda en un sendero en busca de llegar algún punto de partida, clement comenta que “el lector debe navegar varias rutas y arriesgarse en buscar nuevas alternativas para llegar a su destino”.
El autor de “Hipertexto, literatura y ciudad” cita a varios autores y nos da una serie de argumentaciones para mostrarnos un contenido general e ilustrativo sobre este tema, enunciando así sus características, antecedentes y relaciones posibles a establecerle, teniéndolo en cuenta como una “enunciación pionera” que surge en medios tecnológicos como la Internet; presentando una nueva estructura que le da más posibilidades al lector de interactuar con este y se desprende un poco de los regímenes lineales establecidos por el autor. Tres figuras retóricas son la principal característica de todo hipertexto: Sinécdoque, es decir que el texto es fragmentado y se puede leer así porque cada fragmento contiene o da luz de la totalidad del texto; Asíndeton, por la ausencia de conectores entre los párrafos e ideas.; y, la Metáfora, ya que cada fragmento de este se presta para varias y distintas lecturas. Además de estas características, podemos decir que la obra hipertextual se desarrolla en dos espacios distintos: liso y estriado, en el primero la linealidad tiene voluntad propia y el desarrollo del texto se da en ambientes alternativos, y en el segundo predomina el orden representado así en un ambiente de ciudad, donde todos los trayectos están debidamente calculados.
La literatura también juega un papel importante y se complementa con el hipertexto por lo tanto, en participar la narra cuenta la historia todo el recorrido que hace el lector en donde se involucre en esta lectura. Para iniciar las características de relación que hace entre el lector con el hipertexto es recorrer, por un lado tenemos cada parte de un texto y lo va organizando en unas secuencias de una forma literaria, teniendo en cuenta que el hipertexto está conectado con varios contenidos complejos tales como fragmentos que en gran medida facilitan toda la unión de las ideas, el hipertexto nos permite llegar a la organización de varios enlaces en los que podamos descubrir alternativas, no siendo lineal en el que su texto tiene que ser algo puntual, según clement el lector solo
se apoya en un fragmento del texto que a la vez el texto hace que el lector se apoye en otras fuentes y construya otro saber, además el lector no puede olvidar la falta de conexiones ya que clement lo afirma como un problema en el lector como la ausencia de baja utilización en las palabras en una conexión de un discurso.
El hipertexto nos remite de una porción de texto a otra mediante caminos que se ramifican y es, en muchos casos, el lector/usuario quien elige la ruta a seguir, la figura del autor, la importancia del lector y la cantidad de información trazan los caminos de exploración de los documentos que son múltiples, en un hipertexto bien estructurado y que ofrezca las herramientas de navegación y búsqueda adecuadas, la propia estructura de la información se convierte en una brújula o en un hilo de Ariadna válido para cualquiera de las rutas o secuencias de información que elijamos seguir. Según Landow, la cultura letrada y el texto impreso se basan en centro, jerarquía y linealidad, pero el hipertexto rompe esos principios teóricos y filosóficos y se decanta por el descentramiento, la deposición de las jerarquías y, fundamentalmente, por la derogación de lo lineal. El texto se despliega de forma discontinua, se fractura y se rompe mediante los enlaces.
se dice que la conectividad se establece a través del hipertexto, según la naturaleza de los vínculos o enlaces empleados (texto, imágenes, etc.), pero también construir, según el tipo de relaciones establecidas entre los distintos nodos y documentos por medio de dichos enlaces. La estructura del hipertexto se basa en 3 elementos fundamentales: nodos, enlaces y anclajes. La estructura hipertextual le permite al lector la posibilidad de moverse libremente por un documento en función de sus propios intereses y acceder a un punto concreto del hipertexto sin tener que leer todo el conjunto de la información ofrecida, lo cierto es que los enlaces pueden ofrecer tanto información semántica o asociativa, como también información puramente sintáctica como método de organización de dicha información. El hipertexto es una forma de organización del conocimiento que proporciona un acceso multisecuencial a la información que permite es dar saltos de un discurso a otro, o de Tabla de contenido de este hipertexto con enlaces una información a otra.
El hecho es que el hipertexto es una nueva propuesta que le permite al lector acercarse más al texto y lo atrapa con conceptos e ideas propias de su ambiente de ciudad, lo cual vemos nos ilustra Jaime Rodríguez al describirnos sus dos ejemplos de hipertexto: Debido Proceso y Gabriella Infinita. Dónde vemos unas nuevas formas de personajes”nómadas” que entrelazan en sus historias la literatura y la ciudad. El hipertexto es el documento informático y literario de nuestra era, pues, gracias a las nuevas facilidades que presenta la tecnología encontramos nuevas formas de expresión que transforman e innovan el ejercicio de la lectura y la escritura del futuro.
Hipertexto la convergencia de la teoría crítica contemporánea y la tecnología
Hipertexto la convergencia de la teoría crítica contemporánea y la tecnología
Autor: George P. Landow
Editorial: Paraidos Hipermedia 2
Lugar de edición: Barcelona –Buenos Aires –México
Año: 1995
Numero de edición: 1
Número de páginas: 94
Landow se dedica a explorar lo que es una tecnología informativa relativamente nueva, un modo revolucionario de publicación o una forma altamente interactiva de texto electrónico, y, como consecuencia, acaba desvelándonos aspectos fundamentales y apenas vislumbrados del más novedoso y revolucionario medio informático: la multimedia. Para ello, identifica y expone las repercusiones que este nuevo medio
puede tener en todos los ámbitos relacionados con las letras, pues el hipertexto y la multimedia no son solamente una presentación más vistosa del texto.
El desarrollo conceptual del "hipertexto", las implicaciones que tiene para la teoría e instituciones literarias, las aplicaciones educativas, y los aspectos "políticos", es así como la tecnología de lo impreso supuso una revolución que afectó de forma radical al concepto de "obra" literaria, "autor" y por supuesto, al de "público" todas estas instancias del sistema literario se ven referidas dentro del marco que crea la tecnología tipográfica. El mismo título de la obra hace referencia al proceso de "convergencia" entre la teoría literaria contemporánea (Barthes, Derrida, Bajtín, Jameson, etc.) y los elementos que deja al descubierto la utilización de un nuevo medio, lo que permanecía oculto bajo los condicionamientos que el medio ofrecía se revela ahora en su esencia tecnológica al pasar a una nueva forma, la hipertextual, y a un nuevo medio, el digital. Es decir, los límites que la obra literaria tenía trazados no eran en su totalidad propios, sino que estaban determinados por el medio en que se desarrollaba, Si la tecnología determina las formas del pensamiento y su expresión, la llegada de una nueva tecnología dará lugar a nuevas formas culturales.
Del mismo modo, como Barthes, Michel Foucault concibe el texto en forma de redes y nexos. En Arqueología del saber, afirma que “las fronteras de un libro nunca están claramente definidas”, que se encuentra “atrapado en un sistema de referencias a otros libros, otros textos, otras frases: es un nodo dentro de una red, una red de referencias”. Es por esto que de acuerdo con lo anterior podría decirse que el texto o hipertexto podría definirse también como un “intertextualidad cibernética” ya que se presenta como una técnica determinada contemporáneamente de la intertextualidad. Con base en lo anterior, es imperativo resaltar que la técnica del hipertexto, brinda la posibilidad de poner a disposición del lector inexperto, todo tipo de información que llevaría mucho tiempo encontrar, de una forma casi inmediata para ayudar a este tipo de lector a tener toda la información necesaria para poder de esta forma llegar a una comprensión de lo leído. De la misma forma, puede hablarse de una atemporalidad con el surgimiento de este tipo de herramientas, pues como lo plantea M. Castells (1997:466 y ss) “El tiempo se borra en el nuevo sistema de comunicación, cuando pasado, presente y futuro
pueden reprogramarse para interactuar mutuamente en el mismo mensaje” es decir, se puede obtener cualquier tipo de información aquí y ahora, pues todo está al alcance de la mano.
El texto tiene un principio y un final; el hipertexto no está dado, sino que se crea en cada lectura conforme a los recorridos que establezca cada lector. El texto se "termina"; el hipertexto, en cambio, continúa creciendo gracias a la posibilidad de añadir nuevas lexías por parte de sus autores o, incluso, sus lectores.
Landow desarrolla en la obra las posibilidades educativas del hipertexto. Nos transmite su experiencia en la utilización de diferentes programas para la enseñanza de la literatura. El hipertexto se revela como un instrumento que cambia radicalmente la forma de trabajo en las aulas. Frente al trabajo aislado, el hipertexto es una tarea que tiende a fundir los esfuerzos de muchos. La posibilidad de "unir", es decir, de "asociar" elementos es el inicio de la destrucción de las barreras que obligan a percibir separaciones artificiales entre materias educativas. Los estudiantes aprenden a vincular elementos y comprende mejor sus aplicaciones y su esencia. Landow señala que mientras el texto tradicional es un instrumento de "enseñanza", el hipertexto es un instrumento de "aprendizaje".
teniendo en cuenta lo anterior, cabe resaltar que la tecnología es un complemento necesario que se une con diversos campos tales como la literatura y la innovación educativa, que entrelazados con el texto forman tipos de palabra y pensamientos que se representan en imágenes, donde se potencia en gran medida la intertextualidad de muchas obras literarias, por ende se analiza que el paso del hipertexto ayuda a los lectores para que sean más autónomos en cuanto a sus elecciones a la hora de clasificar sus intereses porque logran construir su propia ruta a seguir. es importante resaltar que el hipertexto que se define dentro de dicho libro, se revela como un instrumento que cambia radicalmente la forma de trabajo en las aulas, debido a que con el acompañamiento y cualificación requeridos, el docente y el estudiante, vincularan y asociaran de forma correcta todos los elementos que nos brinda la herramienta conocida como hipertexto, para poder identificar y comprender de una mejor manera cualquier texto que se presente de forma interactiva entre enseñanza y
aprendizaje. Así mismo, su lectura es muy recomendable a todas las personas interesadas en la interfaz entre teoría literaria y cibernética.
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