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DEL CODICE A LA PANTALLA:
TRAYECTORIAS DE LO ESCRITO
Por: ROGER CHARTIER
"El libro ya no ejerce el poder que ha sido
suyo, ya no es el amo de nuestros razonamientos o de nuestros sentimientos
frente a los nuevos medios de información y comunicación de que a partir de
ahora disponemos": esta observación de Henri Jean Martin constituirá el
punto de partida de mi reflexión. En ella quisiera señalar y nombrar los
efectos de una revolución temida por unos y aplaudida por otros, dada como
ineluctable o simplemente designada como posible: a saber, la transformación
radical de las modalidades de producción, de transmisión y de recepción de lo
escrito. Disociados de los soportes en los que tenemos la costumbre de
encontrarnos (el libro, el periódico ), los textos estarían de ahora en
adelante consagrados a una existencia electrónica: compuestos en el ordenador
o digitalizados, escoltados por procedimientos telemáticos, llegan a un
lector que los aprehende en una pantalla.
Para abordar ese futuro (tal vez es un presente)
en el que los textos serán separados de la forma del libro que se impuso en
Occidente hace dieciséis siglos, mi punto de vista será doble. Será el de un
historiador de la cultura escrita, particularmente atento al unir en una
misma historia el estudio de los textos (canónicos u ordinarios, literarios o
sin calidad), el de los soportes de su transmisión y diseminación, el de sus
lecturas, sus usos, sus interpretaciones. Será, igualmente, el resultado de
una participación (en un nivel modesto) en el proyecto de la Biblioteca
nacional de Francia. Uno de los ejes esenciales de este proyecto es,
efectivamente, la constitución de un importante fondo de textos electrónicos
que la biblioteca podrá trasmitir a distancia y que podrán ser objeto de un
nuevo tipo de lectura, posibilitado por el correo de lectura computarizado.
Mi primera pregunta será esta: ¿cómo situar en la
historia larga del libro, de la lectura y de las relaciones con lo escrito la
revolución anunciada, de hecho ya empezada, que nos hace pasar del libro (o
del objeto escrito) tal como nosotros lo conocemos, con sus cuadernos, sus
hojas, sus páginas, al texto electrónico y a la lectura sobre la pantalla?
Para responder a esta pregunta hay que distinguir muy bien tres registros de
mutación cuyas relaciones quedan aún por establecer. La primera revolución es
técnica: ella transformó a mediados del siglo XV los modos de reproducción de
los textos y de la producción del libro. Con los caracteres móviles y la
prensa para imprimir, la copia manuscrita dejó de ser el único recurso
disponible para asegurar la multiplicación y la circulación de textos. De ahí
la importancia otorgada a ese momento esencial de la historia de Occidente,
considerado como el que marca la Aparición del libro (ese es el título del libro
pionero de Lucien Febvre y Henri-Jean Martin publicado en 19568). O
caracterizado como una Printing revolution (así se llama la obra de Elizabeth
Eisentein aparecida en 1983).
Hoy en día, la atención se ha desplazado un poco,
insistiendo en los límites de esta primera revolución. En principio queda
claro que, en sus estructuras esenciales, el libro no se modificó por la
invención de Gutenberg. Por otra parte, por lo menos hasta cerca de 1500, el
libro impreso sigue dependiendo en gran medida del manuscrito: imita de él su
compaginación, su escritura, su apariencia y, sobre todo, se considera algo
que debe terminarse a mano: la mano del iluminador que pinta iniciales
adornadas o historiadas y miniaturas, la mano del corrector, o enmendador,
que añade signos de puntuación, rúbricas y títulos; la mano del lector que
inscribe sobre la página notas e indicaciones marginales. Por otra parte, y
de modo más fundamental, tanto antes como después de Gutenberg el libro es un
objeto compuesto de hojas dobladas y reunidas en cuadernos que se amarran
unos con otros. En ese sentido, la revolución de la imprenta no es en
absoluto una "aparición del libro". En efecto, doce o trece siglos
antes de la aparición de la nueva técnica, el libro occidental encontró la
forma que seguiría siendo la suya en la cultura de lo impreso.
Mirar hacia el Oriente, del lado de China, de
Corea, de Japón, nos proporciona una segunda razón para evaluar la revolución
de la imprenta. Efectivamente, ésta nos muestra que la utilización de la
técnica propia de Occidente no es una condición necesaria para que exista, no
solamente una cultura escrita, sino todavía más, una cultura impresa de
profundos cimientos. Ciertamente, en Oriente son conocidos los caracteres
móviles: ahí fueron incluso inventados y utilizados antes de Gutenberg: en el
siglo XI son utilizados caracteres de tierra cocida en China y en el siglo
XIII se imprimieron textos con caracteres metálicos en Corea. Pero, a
diferencia de Occidente después de Gutenberg, el recurso de los caracteres
móviles en Oriente permanece limitado, discontinuado, confiscado por el
emperador o por los monasterios. Eso no significa la ausencia de una cultura
de lo impreso de gran envergadura, hecha posible gracias a otra técnica: la
xilografía, es decir, el grabado en planchas de madera de textos impresos
mediante frotamiento. Con presencia desde mediados del siglo VIII en Corea, y
a finales de siglo IX en China, la xilografía lleva en la China de los Ming y
de los Quing, así como en el Japón de los Tukogawa, a una muy amplia
circulación de lo escrito impreso, con empresas de edición comerciales
independientes de los poderes, una densa red de librerías y de gabinetes de
lectura, y géneros populares ampliamente difundidos.
No hay entonces que medir la cultura impresa de
las civilizaciones orientales con el único rasero de la técnica occidental,
como si aquélla fuera imperfecta o inferior. La xilografía tiene sus propias
ventajas: se adapta mejor que los caracteres móviles a las lenguas que se
caracterizan por tener un gran número de caracteres o, como en el Japón, por
la pluralidad de escrituras; mantiene notablemente vinculadas a la escritura
manuscrita y a la impresión, ya que las planchas se graban a partir de
modelos caligrafiados; permite, gracias a la resistencia de las maderas que
se conservan mucho tiempo, el ajuste del tiraje a la demanda. Esta
constatación debe conducir a una apreciación
La revolución actual es mayor que la de
Gutenberg. No sólo modifica a la técnica de reproducción del texto, sino
también las estructuras y las formas mismas del soporte que transmite a sus
lectores
Más justa del invento de Gutenberg. Ciertamente
éste es fundamental, pero no es la única técnica capaz de asegurar una muy
amplia diseminación del libro impreso.
La revolución de nuestro presente es,
evidentemente, mayor que la de Gutenberg. No sólo modifica la técnica de
reproducción del texto, sino también las estructuras y las formas mismas del
soporte que transmite a sus lectores. EL libro impreso, hasta nuestros días,
ha sido el heredero directo del manuscrito por la organización en cuadernos,
por la jerarquía de los formatos —del folio al libellus—, por las ayudas a la
lectura: concordancias, índice, cuadros, etc. Con la pantalla como sustituto
del códice, la revolución es mucho más radical, ya que son los modos de
organización, estructuración, consulta de lo escrito los que se hallan
modificados. Una revolución así requiere entonces de otros términos de
comparación.
La larga historia de la lectura nos proporciona
los esenciales. Su cronología se organiza a partir del señalamiento de las
dos mutaciones fundamentales. La primera pone el acento en una transformación
de la modalidad física, corporal, del acto de la lectura, e insiste en la importancia
decisiva del paso de una lectura necesariamente oralizada, indispensable al
lector para la comprensión del sentido, a una lectura posiblemente silenciosa
y visual. Esta revolución atañe a una larga edad media, ya que la lectura
silenciosa, al principio restringida a los sriptoria monásticos entre los
siglos VII y XI, ganaría el mundo de las escuelas y de las universidades en
el XII, después el de los aristócratas laicos dos siglos más tarde. Su
condición de posibilidad es la introducción de la separación entre las
palabras por parte de los escribas irlandeses y anglosajones de la alta edad
media, y sus efectos son totalmente considerables al abrir la posibilidad de
leer más rápidamente y por tanto de leer más textos, y textos más complejos.
Una perspectiva así sugiere dos señalamientos. EN
principio el hecho de que el Occidente medieval haya debido conquistar la
habilidad de la lectura en silencio con los ojos no debe hacernos concluir su
inexistencia en la antigüedad griega y romana. En las civilizaciones
antiguas, en poblaciones para las cuales le lengua escrita es la misma que la
lengua vernácula, la ausencia de separación entre las palabras no impide de
ninguna manera la lectura silenciosa. La práctica común en la antigüedad de
la lectura en voz alta, para los otros o para sí, no debe atribuirse a la
ausencia de dominio de la lectura sólo con los ojos (ésta fue sin duda
practicada en el mundo griego desde el siglo VI a.C). Más bien hay que
atribuirla a una convención cultural que asocia vigorosamente el texto y la
voz, la lectura, la declamación y la escucha. Este rasgo subsiste además en
la época moderna, entre los siglos XVI y XVIII, cuando leer en silencio se
convirtió en una práctica ordinaria de los lectores letrados. La lectura en
voz alta siguió siendo entonces la base fundamental de las diversas formas de
sociabilidad, familiares, cultas, mundanas o públicas, y el lector que busca
muchos géneros literarios es un lector que lee par los otros o un
"lector" que escucha leer. En la Castilla del Siglo de Oro, leer y
oír, ver y escuchar son así casi sinónimos, y la lectura en voz alta es la
lectura implícita de géneros muy diversos: todos los géneros poéticos, la
comedia humanista (pensemos en La Celestina), la novela en todas sus formas,
hasta el Quijote, la historia en sí.
Segunda observación en forma de pregunta: ¿no
habrá que otorgar mayor importancia a las funciones de lo escrito que a su
modo de lectura? Si tal es el caso, hay que colocar una cesura esencial en el
siglo XII, cuando lo escrito no está ya sólo investido de una función de
conservación y de memorización, sino que se compone y copia con fines de
lectura, entendida como un trabajo intelectual. A un modelo monástico de la
escritura sucede, en las escuelas y universidades, el modelo escolástico de
la lectura. En el monasterio, el libro no se copia para ser leído, compendia
el saber como un bien patrimonial de la comunidad y comporta usos ante todo
religiosos: la ruminatio del texto, verdaderamente incorporada por el fiel,
la meditación, el rezo. Con las escuelas urbanas todo cambia: el lugar de la
producción del libro, que pasa del scriptorium a la tienda del librero
estacionario; las formas del libro, con la multiplicación de abreviaturas,
señales, glosas y comentarios, y el método mismo de lectura, ya que no es la
participación en el misterio de la palabra sagrada, sino un desciframiento
regulado y jerarquizado por la letra (littera), del sentido (sensus) y de la
doctrina (sententia). Las conquistas de la lectura silenciosa no pueden pues
separase de la mutación principal que transforma la función misma de la
escritura.
Otra "revolución de la lectura" se
refiere, por su parte, al estilo de lectura. En la segunda mitad del siglo
XVIII, a la lectura "intensiva" sucedería otra, calificada como
"extensiva" . El lector "intensivo" es confrontado con un
corpus limitado y cerrado de textos, leídos y releídos, memorizados y
recitados, escuchados y conocidos de memoria, transmitidos de generación en
generación. Los textos religiosos, y en primer lugar la Biblia en los países
de la reforma, con los alimentos privilegiados de esta lectura notablemente
marcada por la sacralidad y la autoridad. El lector "extensivo", el
de la Leseanet, de la rabia por leer que surge en Alemania en tiempos de
Goethe, es un lector totalmente diferente: consume impresos numerosos y
diversos, los lee con rapidez y avidez, ejerce a su respecto una actividad
crítica que ya no sustrae ningún dominio a la duda metódica.
Un diagnóstico parecido ha podido ser discutido.
En efecto, son numerosos los lectores "extensivos" en la época de
la lectura "intensiva": pensemos en los letrados humanistas que
acumulan lecturas para componer sus cuadernos de lugares comunes. Y el caso
contrario es aún más cierto: es efectivamente en el momento mismo de la
"revolución de la lectura" cuando, con Rousseau, Goethe o
Richardson se despliega la más "intensiva" de las lecturas, por
medio de la cual la novela se apodera de su lector, lo ata y gobierna como
antes hizo el texto religioso. Además, para los lectores más numerosos y más
humildes —los de los chapbooks, de la Biblioteca azul, o de
la literatura de cordel—, la lectura conserva durante mucho tiempo los rasgos
de una rara, difícil práctica que supone memorizar y recitar textos que se
vuelven familiares porque son pocos y, de hecho, son reconocidos más que
descubiertos.
Estas precauciones necesarias que conducen a
abandonar una oposición demasiado contrastante entre los dos estilos de
lectura, no invalida sin embargo la constatación que sitúa en la segunda
mitad del siglo XVIII una "revolución de la lectura". Sus bases
están bien señaladas en Inglaterra, en Alemania y en Francia: el crecimiento
de la producción del libro, la multiplicación y la transformación de los
periódicos, el éxito de los formatos pequeños, el descenso del precio del
libro gracias a las ediciones piratas, la multiplicación de las sociedades de
lectura (Book-clubs, Lesegesellschaften, cámaras de lectura). Descrito como
un peligro para el orden público, como un narcótico (según palabras de
Fichte), o como un desarreglo de la imaginación y de los sentidos, este
"furor por leer" golpea a los observadores contemporáneos. Jugó
indudablemente un papel esencial en desprendimientos críticos que, por toda
Europa y particularmente en Francia, alejaron a los súbditos de su príncipe y
a los cristianos de sus iglesias.
La revolución del texto electrónico es y será
también una revolución de la lectura. Leer sobre una pantalla no es leer en
un códice. La representación electrónica de los textos modifica totalmente su
condición: sustituye la materialidad del libro con la inmaterialidad de
textos sin lugar propio; opone a las relaciones de contigüidad, establecidas
en el objeto impreso, la libre composición de fragmentos manipulables
indefinidamente; a la aprehensión inmediata de la totalidad de la obra, hecha
visible por el objeto que la contiene, hace que le suceda la navegación en el
largo curso de archipiélagos textuales en ríos movientes. Estas mutaciones
ordenan, inevitablemente, imperativamente, nuevas maneras de leer, nuevas
relaciones con lo escrito, nuevas técnicas intelectuales. Sin las
revoluciones precedentes de la lectura sobrevinieron cuando no cambiaban las
estructuras fundamentales del libro, no sucede lo mismo en nuestro mundo contemporáneo.
La revolución iniciada es, ante todo, una revolución de los soportes y las
formas que transmiten lo escrito. En esto el mundo occidental no tiene más
que un solo precedente: la sustitución del volumen por el códice, por el
libro compuesto de cuadernos reunidos en lugar del libro en forma de rollo,
ocurrida en los primeros siglos de la era cristiana.
A propósito de esta primera revolución, que
inventa el libro que es aún el nuestro, deben ser planteadas tres preguntas.
En principio, la de su fecha. Los hechos arqueológicos disponibles
proporcionados por las excavaciones llevadas a cabo en Egipto permiten sacar
varias conclusiones. Por una parte, es en las comunidades cristianas donde el
códice reemplaza con mayor precocidad y más masivamente al rollo: desde el
siglo II, todos los manuscritos hallados de la Biblia que datan del siglo II
son de códices escritos en papiro, y, entre los siglos II y IV, 90% de los
textos bíblicos y 70% de los textos litúrgicos y hagiográficos que nos han
llegado están en forma de códice. Por otra parte, es con un notable desfase
que los textos griegos, literarios o científicos adoptan la nueva forma del
libro: es solamente en los siglos III y IV cuando el número de códices iguala
al siglo III, permanece notable el número de códices iguales al de rollos.
Incluso si el cálculo de la fecha de los textos bíblicos en papiro ha podido
ser discutido, y a veces retrasado, hasta el siglo III, permanece notable el
vínculo entre la preferencia otorgada al códice y los cenáculos cristianos.
Una segunda pregunta se refiere a las razones de
la adopción de esta nueva forma de libro. Los motivos clásicamente esgrimidos
conservan su pertinencia, incluso si hay que matizarlos un poco. La
utilización de los dos lados del soporte reduce sin duda el costo de
fabricación del libro, pero este uso no ha venido acompañado de otras
economías posibles: disminución del módulo de escritura, retraimiento de los
márgenes, etc. Por lo demás, el códice permite sin duda reunir una gran
cantidad de texto en un volumen mínimo, aunque esta ventaja fue poco
explotada de manera inmediata: en los primeros siglos de su existencia, los
códices siguieron siendo de talla modesta y contenían menos de ciento
cincuenta pliegos (es decir, trescientas páginas). Es a partir del siglo IV,
incluso del V, cuando engrosan los códices y absorben el contenido de varios
rollos. Finalmente, es innegable que el códice permite una marcación más
fácil y un manejo más sencillo del texto: hace posible la paginación, el
establecimiento del índice y de las concordancias, la comparación de un
pasaje con otro, o incluso el hecho de que el lector, al hojearlo, recorra
todo el libro. De ahí la adaptación de la forma nueva del libro a las
necesidades textuales propias del cristianismo, a saber: la confrontación de
los Evangelios y la movilidad, con fines de predicación, del culto o del
rezo, de las citas de la palabra sagrada. Pero fuera de los medios
cristianos, el dominio y utilización de las posibilidades ofrecidas por el
códice se imponen sólo lentamente. Su adopción parece hecha por lectores que
no pertenecen a la elite letrada —ésta permanece por mucho tiempo fiel a los
modelos griegos, y por tanto al volumen—, y en principio abarca textos que se
encuentran situados fuera del canon literario: textos escolares, obras
técnicas, relatos, etc.
Entre los efectos del paso del rollo al códice,
dos de ellos merecen una atención particular. Por una parte, si el códice
imponen su materialidad, no borra las designaciones o representaciones
antiguas del libro. En la ciudad de Dios de San Agustín, por ejemplo, si el
término "códice" nombra al libro en cuanto objeto físico, la
palabra liber se emplea para marcar las divisiones de la obra, y esto
guardando memoria de la forma antigua, ya que el "libro", devenido
aquí unidad del discurso (La ciudad de Dios abarca 22), corresponde a la
cantidad de texto que podía contener un rollo. De igual manera, las
representaciones del libro en las monedas y en los monumentos, en la pintura
y en la escultura, permanecen por mucho tiempo ligadas al volumen, símbolo de
saber y de autoridad, aun cuando el códice ha impuesto ya su nueva
materialidad y obligado a nuevas prácticas de lectura. Por otra parte, para
ser leído, y por tanto desenrollado, un rollo debe ser sostenido con las dos
manos: de ahí, como nos lo muestran los frescos y los bajorrelieves, la
imposibilidad para el lector de escribir al mismo tiempo que lee y, de golpe,
la importancia del dictado en voz alta. Con el códice el lector conquista la
libertad colocando sobre una mesa o un pupitre, el libro en cuadernos ya no
exige un movimiento del cuerpo similar. En relación con él, el lector puede
tomar sus distancias, leer y escribir al mismo tiempo, ir de una página a
otra, a su gusto, o de un libro a otro. Con el códice, igualmente, se inventa
la tipología formal que asocia formatos y géneros, así como tipos de libros y
categorías de discurso, y se establece por tanto el sistema de clasificación
y de marcación de textos que la imprenta heredará y que es todavía el nuestro.
¿Por qué estas miradas hacia atrás, por qué, en
particular, llevar la atención hacia el nacimiento del códice? Sin duda,
porque la comprensión y el dominio de la revolución electrónica del mañana (o
del hoy) dependen en gran medida de su correcta inscripción en una historia
de larga duración. Ello permite tomar plena medida de las posibilidades
inéditas abiertas por la digitalización de los textos, su transmisión
electrónica y su recepción en ordenador. En el mundo de los textos, dos
limitaciones, consideradas hasta ahora como imperativas, pueden señalarse.
Primera limitación: la que reduce estrechamente las posibles intervenciones
del lector en el libro impreso. Desde el siglo XVI, es decir, desde la época
en que el impresor tomó a su cargo los signos, las marcas y los títulos,
títulos de capítulos o títulos corrientes que, en tiempo de los incunables,
se añadían a mano sobre la página impresa por el corrector o el poseedor del
libro, el lector no puede insinuar su escritura sino en los espacios vírgenes
del libro. El objeto impreso le impone su forma, su estructura, sus
disposiciones, y no supone de ninguna manera su participación. Si el lector
pretende, de todos modos, inscribir su presencia en el objeto, sólo puede
hacerlo ocupando subrepticia, clandestinamente, los lugares del libro que
deja la escritura impresa: interiores de la encuadernación, folios dejados en
blanco, márgenes del texto, etcétera.
Con el texto electrónico ya no pasa lo mismo. El
lector no sólo puede someter los textos a múltiples operaciones (puede hacer
su índice, anotarlo, copiarlo, desmembrarlo, recomponerlo, moverlo, etc.),
sino, más aún, puede convertirse en su coautor. La distinción, muy visible en
el libro impreso, entre la escritura y la lectura, entre el autor del texto y
el lector del libro, se borra en provecho de una realidad distinta: el lector
se convierte en uno de los actores de una escritura a varias manos o, al
menos, se halla en posición de constituir un texto nuevo a partir de
fragmentos libremente recortados y ensamblados. Como el lector del manuscrito
que podía reunir en un solo libro, por su sola voluntad, obras de naturalezas
muy diversas, unirlas en un mismo compendio, en un mimo libro-Zbaldone, el
lector de la era electrónica puede construir a su placer conjuntos textuales
originales cuya existencia, organización e incluso apariencia sólo dependen
de él. Pero, además, puede en todo momento intervenir en los textos,
modificarlos, reescribirlos, hacerlos suyos. A partir de esta circunstancia
se comprende que tal posibilidad pone en tela de juicio y en peligro nuestras
categorías para describir las obras, referidas desde el siglo XVIII a un acto
creador individual, singular y original, y que fundan el derecho en materia
de propiedad de un autor sobre una obra original, producida por su genio
creador (la primera vez que se usó el término fue en 1701) se ajusta muy mal
al mundo de los textos electrónicos. Así, el Tribunal Supremo de Estados
Unidos le ha negado toda pertinencia a esta noción en el caso de la publicación
de la guía telefónica.
Por otra parte, el texto electrónico permite, por
primera vez, remontar una contradicción que ha obsesionado a los
occidentales: la que opone, de un lado, el sueño de una biblioteca universal
que reúne todos los libros jamás publicados, todos los textos jamás escritos,
incluso, como escribió Borges, todos los libros que es posible escribir
agotando todas las combinaciones de las letras del alfabeto y, del otro, la
realidad, forzosamente decepcionante, de las colecciones que, cualquiera que
sea su tamaño, no pueden proporcionar más que una imagen parcial, con
lagunas, mutilada, del saber universal. Occidente ha otorgado una figura
ejemplar y mítica a esta nostalgia de la exhaustiva perdida: la biblioteca de
Alejandría. La comunicación de textos a distancia que anula la distinción,
hasta ahora irremediable, entre el lugar del texto y el lugar del lector,
vuelve concebible, accesible, este antiguo sueño. Desprendido de su
materialidad y de sus antiguas localizaciones, el texto y su representación
electrónica pueden ya alcanzar a cualquier lector dotado del material
necesario para recibirlo. Suponiendo que todos los textos existentes,
manuscritos o impresos, sean digitalizados o, dicho de otra manera, hayan
sido convertidos en textos electrónicos, la universal disponibilidad del
patrimonio escrito se vuelve posible. Todo lector, allí donde se encuentre,
con la condición de que esté conectado frente a un puesto de lectura con la
red informática que asegura la distribución de los documentos, podrá
consultar, leer o estudiar cualquier texto, cualesquiera que hayan sido su
forma y su localización originales. "Cuando se proclamó que la
Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de
extravagante felicidad": esta felicidad "extravagante" de la
que habla Borges no es prometida por las bibliotecas sin muros, e incluso
carentes de lugar, que serán sin duda las del futuro.
Felicidad extravagante, pero tal vez no sin
riesgo. En efecto, cada forma, cada soporte, cada estructura de la transmisión
y de la recepción de lo escrito afecta profundamente sus posibles usos e
interpretaciones. En estos últimos años, la historia del libro se ha
interesado en señalar, en diversos niveles, estos efectos de sentido de las
formas. Son numerosos los ejemplos que muestran transformaciones propiamente
"tipográficas" (en un sentido amplio del término) que modifican
profundamente los usos, las circulaciones, las comprensiones de un
"mismo" texto. Así sucedió con las variaciones en las partes del
texto bíblico, en particular a partir de las ediciones de Robert Estienne y
sus versículos numerados. Así ocurrió con la imposición de dispositivos
propios del libro impreso (título y página del título, separación en
capítulos, grabados en madera) a obras cuya forma original, unida a una
circulación únicamente manuscrita, les era totalmente extraña: ahí está, por
ejemplo la suerte del Lazarillo de Tormes, letra apócrifa, sin título, sin
capítulos, sin ilustración destinado a un público letrado y transformado por
sus primeros editores en un libro cercano, por su presentación, a las vidas
de santos o a los occasionneis, en ese entonces los géneros de mayor
circulación en la España del Siglo de Oro. Así, en Inglaterra, para las obras
teatrales, el paso de las ediciones isabelinas, rudimentarias y compactas,
alas ediciones que a comienzos del siglo XVIII, adoptando las convenciones
clásicas francesas, vuelve visible el corte en actos y en escenas y
restituye, mediante la indicación de los juegos de escena, algo de la acción
teatral en el texto impreso. De manera que, más todavía, las formas nuevas
que se aplican a todo un conjunto de textos ya publicados, más generalmente
de origen culto, es con el fin de que puedan alcanzar a los lectores
"populares" y constituir así el repertorio de las librerías
ambulantes en Castilla, Inglaterra o Francia. Cada vez es idéntica la
constatación: el significado, o más bien los significados, histórica y
socialmente diferenciados de un texto, cualquiera que éste sea, no pueden
separarse de las modalidades materiales en que se dan a leer a sus lectores.
De ahí viene, para nuestro presente, una gran
lección: la posible transferencia del patrimonio escrito de un soporte a
otro, del códice a la pantalla, abre posibilidades inmensas pero también representará
una violencia ejercida en los textos al separarlos de las formas que han
contribuido a construir sus significaciones históricas,. Suponiendo que, en
un futuro más o menos cercano, las obras de nuestra tradición no se
transmitan ni se descifren ya sino en una representación electrónica, sería
grande el riesgo al ver perdida la inteligibilidad de una cultura textual en
la que se llevó a cabo una unión antigua, esencial, entre el concepto mismo
de texto y una forma particular del libro: el códice. Nada muestra mejor la
fuerza de esta unión que las metáforas que, en la tradición occidental, hacen
del libro una figura posible del destino, del cosmos o del cuerpo humano. El
libro que ellas manejan, de Dante a Shakespeare, de Ramón Llull a Galileo, no
es cualquier libro: está compuesto de cuadernos, formado en folios y páginas,
protegido por una encuadernación. La metáfora del libro del mundo, del libro
de la naturaleza, tan poderosa en la edad moderna se encuentra como dispuesta
en las representaciones inmediatas y arraigadas que asocian naturalmente el
texto escrito al códice. El universo de los textos electrónicos significará
entonces necesariamente un alejamiento de las representaciones mentales y las
operaciones intelectuales que están específicamente ligadas a las formas que
ha tenido el libro den Occidente desde hace diecisiete o dieciocho siglos.
Ningún orden de los discursos es, en efecto, separable del orden de los
libros que le es contemporáneo.
Me parece entonces necesario, hoy en día,
mantener juntas dos exigencia. Por un lado, necesitamos acompañar de una
reflexión histórica, jurídica, filosófica, la mutación considerable que está
revolucionando los modos de comunicación y de recepción de lo escrito. Una
revolución técnica no se decreta. Tampoco se suprime. El códice la llevó a
cabo y suplantó al rollo, incluso si éste, con otra forma y para otros usos
(en particular archivísticos) atravesó toda la edad media. Y la imprenta
sustituyó al manuscrito como forma masiva de reproducción y de difusión de
los textos —incluso si los escritos copiados a mano conservaron su papel en
la era de la imprenta para la circulación de numerosos tipos de textos
surgidos de la escritura del fuero privado, de las prácticas literarias
aristocráticas dirigidas por la figura del gentleman writer, o de las
necesidades de comunidades particulares consideradas heréticas, unidas por el
secreto de los gremios de la francmasonería, o simplemente cimentadas en el
intercambio de los textos manuscritos. Se puede entonces pensar que en el
siglo XXV, en el año 2440 que Louis Sebastien Mercier ha imaginado en su
utopía publicada en 1771, la Biblioteca del Rey (o de Francia) no será ese
"pequeño gabinete" que sólo contiene pequeños libros en duodécimos
que concentran únicamente el saber útil, sino un punto en una red, extendida
a todo el planeta, que asegure la disponibilidad universal de su patrimonio
textual accesible en todas partes gracias a su forma electrónica. Ha llegado
el momento de observar mejor y de comprender mejor los efectos de esa
mutación y, considerando que los textos no son necesariamente libros, ni
siquiera periódicos o revistas (derivados ellos también del códice), de
redefinir todas las nociones jurídicas (propiedad literaria, derechos de
autor, copyright) y reglamentarias (depósito legal, biblioteca nacional) y
biblioteconómicas (catalogación, clasificación, descripción bibliográfica,
etc) que han sido pensadas y construidas en relación con otra modalidad de la
producción, la conservación y la comunicación de lo escrito.
Pero existe para nosotros una segunda exigencia,
indisociable de la precedente. La biblioteca del futuro debe ser también el
lugar en que se pueda mantener el conocimiento y la comprensión de la cultura
escrita en las formas que han sido y son todavía mayoritariamente las suyas
hoy en día. La representación electrónica de todos los textos cuya existencia
no comienza con la informática no debe significar de ninguna manera la
relegación, el olvido, o peor, la destrucción de los objetos que los han portado.
Más que nunca, tal vez, una de las tareas esenciales de las grandes
bibliotecas es recolectar, proteger, censar (por ejemplo bajo la forma de
catálogos colectivos nacionales, los primeros pasos hacia las bibliografías
nacionales retrospectivas), los objetos escritos del pasado y, así, hacer
accesible el orden de los libros que todavía es el nuestro y que fue el de
los hombres y las mujeres que leyeron desde los primeros libros de nuestra
era cristiana. Solamente si es preservada la inteligencia de la cultura del
códice podrá existir, sin matices, la "extravagante felicidad" que
promete la pantalla.
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